jueves, 26 de febrero de 2009

Designios de la suerte, del destino. - Por Isaías Beni.

Sección Cultura

Designios de la suerte, del destino.

Eran las 12:34 del mediodía y me despertó el calor abrazante. Me levanté de la cama con mucha pereza, para lavarme los dientes y luego dirigirme al patio donde comíamos los veranos mi familia y yo. O debería decir yo, ellos nunca esperaban a que yo este en la mesa. No los culpo, yo también haría lo mismo. No tengo mucha simpatía con ellos. Bueno, en realidad sí. Es con mi padre con quien no me hablo, y hace de cada día algo insufrible. Ni siquiera me mira desde Navidad. Esa misma noche aviamos discutido y antes de las 12:00 de la noche quiso arreglar la pequeña disputa. Pero no le salió muy bien. Su orgullo y frialdad no permitieron aceptar su falla y dijo cosas que yo no creí posible que dijera nunca. Pero así paso. Y desde entonces creo que estoy un poco mejor, por lo menos ahora no critica directamente todo lo que hago. Se limita a tirar indirectas todo el tiempo y enumerar mis “incapacidades” cuando no estoy. Así que cada día prefería estar con mis amigos. Es común en un adolescente dirán, pero es lo único que uno tiene. Por eso ese día no estaba de mal humor. Iba a ir al club después de comer y me pasaría toda la tarde en la pileta disfrutando con mis compañeros. No recuerdo lo que comí ese día, igual no es importante. Cuando terminé me levante de la mesa y prepare mis cosas. El calor era inaguantable, pero no era lo único del ambiente. Puse todo en mi mochila, incluyendo un par de libros que tenia pendiente leer entre otros tantos. No sabía si iba a leer pero era mejor prevenir. Salí de mi casa lo más rápido que pude en la moto. La moto que me había regalado mi padre por mi trabajo en la escuela. Supuestamente. Se lo que significa la frase célebre “No todo lo que brilla es oro”. Tendrías que conocer a mi padre como lo conozco yo para saber sus intenciones. Esa moto no era por mis logros académicos. Lo dejó él muy en claro cuando me dijo que nunca me iba a felicitar porque me iba bastante bien y me gustaba la escuela. Creo que desarrolle un escudo anti-insultos. Aprendí a ignorar la negatividad de la gente. En fin esa moto era para él. Para aprovechar su adolescencia perdida ahora a los casi cincuenta años. No me molesto hasta que me hecho en cara el vehículo que me había comprado por mi esfuerzo en la escuela. Que ironía, ¿no? Pero aprendí a vivir así.
El sol hizo contacto con mi piel y al instante sentí que me moría. Odiaba el verano. Pero pase a odiarlo más. Ese verano me cambio la vida.
Llegue al club temprano y encontré a mis amigas, los pibes iban a llegar dentro de poco. Entonces me puse a escuchar música bajo las plantas, en una de las mesas de madera que se dispersaban por todo el club. Las chicas se fueron a la pileta entremedio de risas de no se que chiste. Era un poco aburrido hablar con ellas, sus temas principales rodeaban a chicos mayores que yo y mis amigos, o en ropa, o peinados y otras insignificancias para mí.
Cuando llegaron mis amigos me subió un poco el ánimo. Dejaron sus cosas en la mesa y fuimos directamente a la pileta. El agua no estaba fría, pero tampoco caliente. Era perfecta. Me encanta el agua. Me daba la oportunidad de olvidarme de problemas que solo me causaban enfermedades.
Después de media hora nadando y tomando un poco de sol, nos volvimos a la mesa y jugamos cartas, tomamos mate y charlamos de todo un poco. No pedía mas, era lo que necesitaba. Pasaron un par de horas y el sol seguía molestando incansable y se dio el lujo de llegar a nuestra mesa. Rápidamente nos dirigimos a otra mesa más al fondo, lejos del calor y nos pusimos a jugar al póker. Era pésimo jugador, mi suerte no cambio nunca. Pero me divertía ver a los demás jugar y perder y ganar según los designios de la suerte, del destino.
Después de perder y ver a los demás perder quisieron ir a la pileta de nuevo. Pero no estaba de acuerdo, la sombra era apacible allí y no me quería ir. Entonces una de mis amigas, Paula, me mira y me dice:
- Isa… ¿No te gustaría que te tire las cartas? Traje el tarot que compre en una revista.- Con la picardía asomándole en los ojos y una sonrisa de oreja a oreja.
- Bueno, está bien.- asentí.
No creía en esas cosas pero me gustaba divertirme y era una buena circunstancia para reírse y burlarse. Al instante sacó de su mochila una revista colorida llena de chicas artificiales, como las llamo yo, en bikini con lo último que demandaba la moda, maquillajes, horóscopos y por supuesto el mágico tarot. Escarbó un poco más y encontró un mazo de cartas, que tenían lo mismo de místico que yo de príncipe.
Muy concentrada en su tarea abrió la revista sobre la mesa y me miro a los ojos, esta vez con una mirada totalmente diferente a la del comienzo. La seriedad dibujaba una arruga en su frente, lo que le daba un aspecto de verdadera adivina. Es decir, de una que se gana la vida con esas estupideces.
Estábamos solos, los demás se habían ido a la pileta. Sin quitarme la vista de mi cara me pidió con aire misterioso.
- Corta el mazo en tres con la mano izquierda mientras pensas en una chica.
Y automáticamente me vino la imagen de ella. La había conocido por Chat. Era de Santa Fe, se llamaba Florencia y cursaba primer año de psicología. Era ella en quien no podía dejar de pensar. No recuerdo el día en que la conocí, no creo en el tiempo. Pero sí recuerdo exactamente lo que me hizo sentir. No recuerdo haber escrito tanto en la computadora y haberle contado las cosas que le conté como a otra persona. Me conectaba todos los días por ella y todos esos milagrosos días escribía como un verdadero desesperado. Me explicaba teorías propias sobre psicología y yo le contaba historias sobre mitología griega. Con diecisiete años no me atrevo a sentir amor. Las personas jóvenes toman muy a la ligera el amor y usan esa palabra como respiran el aire. Yo no. Había aprendido a buscar cuidadosa y meticulosamente el amor. Y lo mas importante, no dejarme llevar por las apariencias. Pero si fuera un poco atrevido e inocente estaría escribiendo otra cosa. “La amo con toda mi alma”. Con eso bastaría, no necesito describir su pelo, sus manos, sus costumbres, su irresistible inteligencia o el tiempo que no la conocí. No creo en el tiempo. Recuerdo la primera vez que llore. No me creerán si lo digo así. Pero es más complicado. Para mí llorar es cuando uno derrama lágrimas y vale la pena hacerlo. Ella logró eso. Me hace sentir como un idiota y al mismo tiempo muy feliz.
Al tocar el mazo con mi mano izquierda sentí su piel desconocida y sentí también su presencia en derredor mío. Al terminar de cortar, Paula, tomo cada pequeño mazo y los volvió a unir. No recuerdo en que orden, no prestaba mucha atención, pero si recuerdo perfectamente que no dejaba de pensar en ella. Luego de repente vi tres cartas frente a mí. De derecha a izquierda estaba primero La Fuerza, era una mujer vestida de rosa, con un sombrero enorme mientras le daba de comer bocadillos a un león recostado en el césped. La segunda carta era El Papa, invertido. Una especie de Sumo Sacerdote con cetro y algo parecido a una corona frente a dos discípulos que lo escuchaban absortos. La tercera carta era La Rueda de la Fortuna invertida. Cada carta tenía su nombre escrito.
- La primera carta- la de mi derecha- simboliza a ella. Es La Fuerza.- su voz había cambiado y apagué la música para escucharla mejor- Simboliza la valentía, el corazón noble, el impulso, la vitalidad, los deseos y pasiones controlados, convicción determinación, dedicación, inteligencia. Una persona intensa.- hasta ese punto la había descrito perfecto- La mujer de la imagen que doma al bravo león, no emplea la fuerza bruta o la violencia, sino el poderío de la suavidad y la constancia. Apacigua al animal con energía y resistencia innegables. Esta carta sostiene que pronto vas a tener que recurrir a tu fuerza para superar una prueba, un desafío interior. Vas a tener logros basados en la madurez.- en ese punto estaba concentrado yo también, no dejaba de comparar la carta con ella y de sorprenderme con el parecido. Pero era solo una carta. Faltaban dos. Seguro se equivocaba.
>>La segunda carta sos vos. El Papa invertido. Búsqueda de sentido y significado, debate interno. Enseñanza ética, fe, unidad con el uno y con el todo. Es una figura de autoridad moral, experto, sabio. Tiene muchos valores y ejemplos.- ella me conocía. Levanto su cabeza de la revista, me miró y sonrió. No se equivocaba. Hasta ahora- Se trata de un personaje que actúa como puente entre el cielo y la tierra, lo sagrado y lo cotidiano, lo inconciente y lo conciente. Un arcano de protección que descubre conflictos y revelaciones que trascienden nuestra existencia. El Papa encarna la esperanza que depositamos y encomendamos en creencias y normas exteriores. Su reverso advierte- Acompañando lo que decía con un movimiento de mano que señalaba a la carta invertida- doctrinas moralistas, individuos altivos, tabúes, represión, inconformidad y resistencia.- al final de su oración no pudo reprimir una carcajada al haber ganado a mi escepticismo. Me conocía muy bien y sabía lo que pasé en mi infancia y que todavía tenía fe, esperanza. – Su mensaje anuncia que es tiempo de comprender que el universo se sustenta en leyes profundas, que la vida es misteriosa pero inteligente, y que existen destinos, propósitos e influencias ocultas.-Yo no sabía que decir. Estaba seguro que la tercera carta era la incorrecta. No podía acertar.
>>La tercera carta- dijo con aire confiado, como de una experta en el tema- representa su relación. Simboliza destino, suerte. Augurio de cambios. Nuevas condiciones, eterno retorno. Se trata de un símbolo antiguo y universal que describe el perpetuo movimiento de la vida, el círculo sin fin, las vueltas, curvas y espirales del destino. Su mensaje subraya que lo único constante es el cambio, que nada permanece y que el único modo de dulcificar la buena o mala estrella. Reside en no identificarse excesivamente con lo pasajero, si no lo que es genuino e inalterable: el centro, el eje, el alma. Entendida como una carta circular, su reverso indica – Otra vez haciendo el mismo gesto con la mano- que la fortuna rotó en dirección contraria y que lo deseado puede alejarse o demorarse. “Bueno o malo: esto también pasará” reza esta carta. Acepta tu presente. Si es bueno, disfrutalo felizmente porque mañana puede cambiar.
Me miró de una manera extraña y yo me quede mudo esperando que dijera algo. Lentamente comenzó a recoger las cartas y a guardarlas mientras yo veía como lo hacía y me daba cuenta de que no me podía burlar o reírme.

Hoy era el día. El tiempo estaba hermoso y yo esperaba en la estación de colectivos que ella bajara de uno de ellos y me abrazara. Nunca recuerdo haber estado tan nervioso como ese día. Me sudaban y temblaban las manos y tenía palpitaciones también. Estaba muy alejado de lo que pasaba alrededor mío, no sabía que colectivo estaba esperando, no sabía que personas pasaban junto a mí a pesar de conocerlas, y eso me ponía los pelos de punta. Solamente ella lograba eso. Florencia.
Entonces fue cuando mi cerebro acepto impulsos exteriores y la vi. Un poco confundida por no conocer a tantas personas, y buscándome entre ellas. La miré como si eso bastara. Y parece que fue suficiente porque de pronto tenía sus brazos en mi cuello y su boca saboreaba la mía. “Me gusta reírme cuando beso” me dijo una vez y me di cuenta que a mí también. Mi pecho sufrió una bocanada de presión y se me hizo un nudo en el estómago de felicidad. Luego de besarnos por una eternidad, si fueron unos minutos, pero no creo en el tiempo, la mire.
- Estoy lista, vamos.- dijo sonriendo, con su voz que me cubría de calor el cuerpo.
- Está bien- me limité a decir mientras me perdía en sus ojos.
Esa misma tarde una feria pasaba por la ciudad y pensábamos dirigirnos allí para pasarla juntos.
Caminamos por las calles de la mano como si tuviéramos diez años cada uno, riéndonos de cualquier cosa que desbordara la felicidad que sentíamos. No recuerdo las calles, las cuadras. Lo único que recuerdo es su aroma, su mirada y su voz. Llegamos a la feria y recorrimos todos los puestos que se encontraban. Le encantaban las artesanías como a mí, así que nos admirábamos los dos juntos de todas las creaciones que predominaban nuestra vista. Los dos juntos. Cuando voltee la vista hacia ella, estaba mirando hacia arriba con una sonrisa esplendorosa. Dirigí mi vista hacia donde Flor observaba y pude apreciar a la rueda de la fortuna. Con una grandeza inconmensurable se presentaba ante nosotros con infinidades de luces y colores.
La aprecié hasta que me vino el recuerdo de Paula. <>. Sentí que me temblaba el cuerpo por segunda vez en el día. Pero no de felicidad. Estaba aterrorizado. La rueda significaba mi destino. Y no lo quería conocer.
- ¡Vamos a la rueda de la fortuna!- me dijo alegremente. Pero callo al ver mi cara. Mi tétrica cara- ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¡Isa!
¿Qué se supone que le tenía que decir? “Nada, es que una amiga me tiró las cartas y la rueda de la fortuna representa nuestro destino”. Ja. Eso sonaba peor de cómo me veía en ese momento.
- No me pasa nada. Pero ¿no preferirías ir a otra atracción? Hay muchas más. Tenés las tazas locas, y la casa de los espejos por allá…
- No, yo quiero ir a la rueda de la fortuna.- me miro con una cara de extrañeza- Aparte es mas romántico ahí- añadió con un deje de lujuria en la voz y parpadeando sensualmente.
- Está bien. Si vos queres.- me había rendido. Me rendí al igual que el león.
Hicimos la cola de la maldita atracción que se hizo corta en un santiamén. ¿Imaginación mía? No lo creo. Llegamos frente al encargado de la rueda y miró a Florencia con una expresión lasciva en el rostro. Miré impotente a Florencia mientras ella me arrastraba de la mano y entregaba las entradas haciendo caso omiso del encargado y llevándome a rastras dentro del cubículo.
Nos sentamos y ella me miró con un asomo de picardía en los ojos. Como hace tiempo me había mirado Paula. No estaba paranoico, algo estaba pasando. Y no era necesariamente bueno. Bajó el caño de seguridad sobre el regazo de los dos. Contenta de estar conmigo. Luego empezó a funcionar la rueda y mi pecho sintió una bocanada de presión por segunda vez en el día. La rueda comenzó a girar y nuestro cubículo empezó a ascender.
- ¿Cuántas vueltas da antes de terminar?- pregunte con un nudo en el estómago.
- ¿Quién sabe? ¿A quién le importa? Ahora estamos solos.- y me beso.
Y la besé. Si era lo último que iba a ser, mi última acción, prefiero que sea esta. Entonces una sacudida fuerte nos separo. Y las luces de la rueda de la fortuna se apagaron. La mire, o eso intente en la obscuridad, y luego observé fuera de la atracción. Nuestro cubículo había llegado a la máxima altura y se había detenido. Luego con el corazón en el pecho por segunda vez en ese día, comencé a sentir como la gravedad actuaba sobre nosotros y nos tumbábamos. Me deslicé sin poder hacer otra cosa hacia ella. La rueda de la fortuna calló. El impacto fue ensordecedor. Y quede inconciente unos minutos u horas, no se. No creo en el tiempo. No lo recuerdo. Lo único que recuerdo es a Florencia bajo mi cuerpo. Inerte. Con sangre cubriendo su cabeza y rostro. Lo único que recuerdo de ese verano es la imagen de Florencia debajo de mí y la voz de Paula que me siguen y despiertan todas las noches. “Bueno o malo: esto también pasará”.


Isaías Beni.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Isaias: felicitaciones por el cuento, nos gusto mucho a mi hija y a mi, un beso grande y suerte tu bibliotecaria .. mary!